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Elena Arnaiz, observadora de paz en México, recuerda en El Correo su paso por Euskadi Cuba
Euskadi-Cubari buruzko berriak

Antes de empezar la diplomatura de Trabajo Social, esta bilbaína ya colaboraba con la ONG Euskadi Cuba, y eso le movió a orientar su profesión en busca del bienestar social.

«Con la crisis me quedé atrapada en Latinoamérica»

IRATXE GÓMEZ BRINGAS

Vascos de altos vuelos - El Correo

26/02/2017

Elena Arnaiz, observadora internacional de paz en México, lleva doce años fuera trabajando en temas de cooperación, centrada en la defensa de los derechos humanos

Una vasca entre suecos en México suena a chiste. Pero lejos de ser una tira cómica, se trata de la realidad de Elena Arnaiz, que lleva más de una década observando y luchando por los derechos de los más vulnerables. Hace tiempo que salió de su zona de confort aunque, como ella misma dice, eso se puede encontrar hasta en un país en guerra. «Me dicen que soy valiente. No lo creo. Los valientes son aquellos que sobreviven a una situación de peligro y miseria y siguen para adelante». El optimismo de esta bilbaína es avasallante. Sabe lo que es empezar de cero, no tener nada, y seguir adelante. Siempre que una puerta se cierra, otra se abre.

«Aquí el color de la piel marca la diferencia»

San Cristóbal de las Casas es un pueblo turístico donde habitan muchos vascos. Entre ellos Elena Arnaiz, que cuenta allí, en Chiapas, con su propia cuadrilla. «Aquí me puedo poner minifalda, cosa que no podía en la zona de Guatemala donde vivía». Por su trabajo tiene que tomar algunas medidas de seguridad, pero no es un área peligrosa como otras de México. ¿La calidad de vida? «Aquí el color de la piel lo marca todo. Tenemos privilegios por ser extranjeros, pero también tengo que aguantar piropos horrendos, tenemos peligro de ser asaltados, o te rechazan porque dicen que eres imperialista».

Antes de empezar la diplomatura de Trabajo Social, esta bilbaína ya colaboraba con la ONG Euskadi Cuba, y eso le movió a orientar su profesión en busca del bienestar social. Durante la carrera, cada verano ejercía de monitora de tiempo libre. «El recuerdo más bonito lo tengo de mi experiencia en El Ejido con niños inmigrantes y en marginación». Cuando finalizó los estudios empezó a ejercer de trabajadora social en un centro de toxicomanía. «No me veía en ese empleo, me sentía policía de los pobres», admite.

En medio de ese caos, Arnaiz consiguió una beca del Gobierno vasco en Latinoamérica. «Pegué el salto a Guatemala y antes de ir tuve que situarlo en el mapa», recuerda riéndose. Durante dos años se empleó a fondo en la prevención con jóvenes indígenas en situación de riesgo. Trabajó en Farmamundi en contacto con terapeutas mallas, lo que retó «a mi sistema de creencias». Justo en esa época empezó el plan Bolonia y ante la posibilidad de que desapareciera Antropología, Arnaiz se mudó a Barcelona para cursar esta carrera.

«Haces un pacto con la vida»

Mientras estudiaba en la universidad, ella misma ejercía de ponente una vez al semestre en clases de medicina contando su experiencia en la etnomedicina. Y por si fuera poco, Arnaiz trabajaba a media jornada en la organización ‘Entre Pueblos’ como técnica en educación al desarrollo. «Este año estoy bajando un poco el pistón, pero siempre me he movido mucho», confiesa.

La tensión social seguía viva en esa zona guatemalteca donde residió largas temporadas. «No me sentía sola. La energía me la daba la gente». No fue fácil. «Es por la intensidad con la que lo vives todo. No sabes cómo va a ser el día a día y olvidas tener todo bajo control. Si me ocurría algo, no lo cubría el seguro. Haces un pacto con la vida y superas el miedo». En esa época, ella perdió muchos amigos que fueron asesinados y secuestrados.

En 2012 llegó la crisis a España y empezaron a recortar en muchos proyectos sociales en el extranjero. «Mi madre por aquel entonces me decía que no volviese. Así que me quedé atrapada en Latinoamérica». Tiró de contactos y consiguió trabajar como consultora independiente. Pero falleció su ama y su padre y familia se encontraban lejos, lo que le llevó a plantearse volver a Bilbao. «Hice varias entrevistas pero me salió mi actual empleo en México en la organización SweFOR, el movimiento sueco para la reconciliación».

Desde San Cristóbal de las Casas, Chiapas, Arnaiz coordina mecanismos de protección para defensores de los derechos humanos en el sureste mexicano. México está bajo la mirada atenta de la comunidad internacional porque compite en cifras con países en guerra en cuanto a asesinatos de defensores de los derechos humanos y periodistas. Esta bilbaína es la primera extranjera dentro del equipo sueco. «Tengo el síndrome del eterno viajero. Somos extraños donde estamos, y extrañamos nuestra cultura. Me siento que hago hogar donde estoy. Me preparo psicológicamente para algún día regresar, pero nos cuesta volver porque sentimos que damos la espalda».

 

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